Esos papeles no son papeles, sino la vida de hombres, de provincias, de pueblos (Jules Michelet)


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lunes, 16 de noviembre de 2009

Las cosas que cayeron desde 1989

Noviembre es un mes lleno de fechas históricas. El siete es el aniversario de la toma del palacio de invierno por los bolcheviques, el once el armisticio de la Primera Guerra Mundial. Entre ambas, el día nueve, empezamos a conmemorar un hecho histórico reciente pero de gran calado simbólico: la caída del Muro de Berlín, en 1989, tras casi tres décadas de existencia. Aquel día no sólo cayó un muro, sino que empezó a derrumbarse todo un bloque que había marcado medio siglo de historia.

No es el objeto de estas líneas analizar las causas del derrumbamiento de la URSS y sus aliados, tema tan complejo como interesante al que quizá en otro momento dedique algún comentario. Tampoco hacer ningún juicio sobre los regímenes del otro lado del telón. En cualquier caso, en los tiempos que corren, sí conviene aclarar que El Topo no es un nostálgico de lo que se dio en llamar socialismo real, aunque le reconozca algunos méritos. El estalinismo desvirtuó de forma significativa el sentido de la revolución y los países llamados del Este fueron, en la segunda mitad del siglo XX, un experimento estalinista.

En el Este de Europa hoy se goza de más libertad, aunque tampoco tanta como se nos quiere hacer creer. En cualquier caso, esa es una buena noticia. Sin embargo, si preguntamos por las condiciones de vida, el juicio no es tan unánime. Como diría aquel torero, hubo división de opiniones: unos se cagaron en mi padre y otros en mi madre. La percepción de muchos es que no han mejorado o incluso han ido a peor. Hay un número respetable de nuevos ricos que se hicieron de oro con las privatizaciones al más puro estilo mafioso, porque había mucha prisa por privatizar todo. También hay muchos más pobres que malviven. Los que se mantienen por encima del umbral de la miseria a duras penas son bastantes.

Sin embargo, lo que me interesa hoy es el otro lado del telón de acero, el nuestro. Desde principios de los noventa la participación de las rentas del trabajo en el PIB no ha hecho más que descender en favor de las rentas del capital y la precariedad laboral avanza con cada reforma que pactan patronales, gobiernos y unos sindicatos que, siendo generosos, vamos a calificar de tibios. Sumemos la privatización de servicios públicos y la mercantilización creciente de aspectos que hasta hace poco eran intocables: la educación, la sanidad... ¿Quién no está pensando en hacerse un plan de pensiones vistas las previsiones catastrofistas de nuestros dirigentes? Se ha dado vía libre a la economía especulativa, totalmente ajena a la economía real y productiva. Esta especulación es la causante de la actual crisis económica, que vamos a pagar los trabajadores por dos vías: con el paro que estamos ya sufriendo y con nuestros impuestos, que han servido para tapar los agujeros generados por la orgía de la banca. Porque eso sí, las empresas rentables se privatizan, pero las pérdidas se socializan siempre. En estos casos nadie saca el manual de liberalismo para afear la conducta.

Visto este panorama, sería lícito pensar si el envalentonamiento del salvajismo ultraliberal que padecemos no tiene alguna relación con la desaparición del miedo al comunismo. En consecuencia, cabe preguntarse también qué demonios pretenden hacernos celebrar el nueve de noviembre. No deberíamos permitir que nos escriban la historia de la Guerra Fría y su fin en la clave reduccionista de conquista de libertades. Sobre todo no debemos permitir que nos hagan creer que la Historia ha muerto, como dijo Fukuyama, porque vivimos en el mejor de los mundos posibles. A la Historia llevan queriendo matarla desde tiempos de Augusto y su Ara Pacis. Curiosamente, los historicidas son siempre los que están arriba en ese momento. ¿Para qué cambiar nada? Pero el viejo topo no se deja impresionar y sigue haciendo su trabajo. ¿Dónde quedaron el Imperio Romano y la sociedad antigua?