Esos papeles no son papeles, sino la vida de hombres, de provincias, de pueblos (Jules Michelet)


Mostrando entradas con la etiqueta Transición española. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Transición española. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de abril de 2010

Varela reescribe la Historia

El topo lleva una temporada sin levantar cabeza, sin poder asomarse a la luz del día, completamente absorbido por su tarea subterránea. Oye ruidos que vienen del exterior, pero no tiene tiempo que dedicarles.

Sin embargo, el estruendo que acaba de oir es tan atronador que se siente obligado a dejar por un momento sus túneles y sacar un poco el hocico para pegar un buen grito de protesta. Parece que el juez Varela, el inquisidor que instruye la causa contra Garzón por investigar los crímenes del franquismo, dice en el auto que los nacionales no tuvieron un plan sistemático y preconcebido de eliminación de sus enemigos. ¡Menos mal...! Si lo llegan a tener...

Como el topo no tiene ni paciencia ni tiempo, simplemente se limitará a recordarle al juez Varela parte de las declaraciones hechas por Gonzalo de Aguilera, oficial de prensa de Franco durante la guerra civil, a un periodista norteamericano:

"Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España... Nuestro programa consiste... en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. Además también es conveniente desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo en España... ¿se da cuenta?".

No creo que sean necesarias grandes explicaciones adicionales. Vivimos en un país de mierda. Nuestras cunetas están sembradas de cadáveres y a quienes quieren saber dónde están sus familiares y amigos se les acusa de cainitas, de facciosos y de dividir España. Un país en el que Falange puede promover un proceso contra el juez que investiga los crímenes que cometió este partido durante la guerra y tras la misma. Un país que sigue mirándose el ombligo de la Transición sin querer ver que el niño nació muerto. Que no nos pase nada...

La verdad, un 25 de abril a uno le entran ganas de pedir la nacionalidad portuguesa. Grândola, vila morena...

miércoles, 2 de diciembre de 2009

De aquellos polvos vienen estas arenas de Tinduf

Hace semanas que Aminatou Haidar duerme en el suelo del aeropuerto de Lanzarote. Su caso es una consecuencia más de la fraudulenta transición a la democracia en España de la que hablaba hace días al cumplirse el aniversario de la muerte de Franco. Esta activista saharaui fue expulsada por Marruecos, que se niega a permitirle volver a su casa hasta que renuncie a sus convicciones, en particular el deseo de ver una república saharaui independiente. España es culpable de haber abandonado a los saharauis a su (mala) suerte en 1975 y ahora el actual gobierno del talante y otras zarandajas vuelve a actuar cobardemente haciéndole el caldo gordo a Rabat en vez de dar de una vez por todas un puñetazo sobre la mesa. Es lo mínimo que se puede pedir, porque a los saharauis les debemos no un puñetazo, sino toda una retahila de golpes, la que ellos coleccionan muy a su pesar desde hace casi cuarenta años.

No debe sorprender que la descolonización española resultara tan patética como la colonización, propias ambas de una potencia de cuarta fila que sólo accedió a una pequeña porción del pastel africano porque Francia e Inglaterra consideraron que era una buena solución para mantener el equilibrio entre ellas. Entramos por la puerta de atrás al vergonzoso negocio de la explotación de los pueblos extraeuropeos y salimos por el mismo sitio, dejándole las llaves del solar al vecino mamporrero y tiránico, para mayor escarnio de la población local.

Cuando en 1956 Marruecos accedió a su independencia comenzó, paradójicamente, a reclamar un pasado imperial tan bastardo como infundado que pretendía esgrimir para incorporar el Tinduf argelino, el Sáhara Occidental, Mauritania y parte de Malí. En realidad, este Gran Marruecos escondía los mismos afanes que habían llevado a los europeos a África: el acceso a los minerales y a la pesca, entre otros. A consecuencia de la agitación marroquí en la zona, en el año 58 la colonia se asimiló con el estatuto de provincia para mejor controlarla, mientras se iniciaba la explotación de los ricos yacimientos de fosfatos cerca de Dajla. Fosfatos de Bu Cra, empresa pública propiedad del INI, acometió inversiones importantes ignorando absolutamente la tendencia descolonizadora que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se imponía en el continente. Estas inversiones son una de las causas de la posición inmovilista de España, que retrasó la independencia hasta hacerla imposible. Dilatando el proceso de retirada española, se llegó a un momento en que ya prácticamente todo el continente era independiente de larga fecha. Así se sentaron las bases para que los vecinos, ya plenamente consolidados, vinieran a aprovecharse de la debilidad saharaui en 1975 para sustituir al ocupante español y apropiarse el país.

Con la muerte de Carrero en 1973 las posiciones más duras perdieron a su principal valedor y el gobierno de Arias Navarro empezó a soltar amarras, en especial desde que la Revolución de los Claveles portuguesa, motivada en buena parte por el hartazgo del ejército colonial portugués ante la cerrazón de la dictadura de Caetano, le metiera el miedo en el cuerpo. Arias puso sus barbas a remojar redactando un proyecto de Estatuto que reconocía que el Sáhara Occidental no era español sino un territorio administrado que podría eventualmente acceder a la independencia con un paso intermedio con entidades de gobierno autónomas. Pero la enfermedad de Franco, las presiones de Marruecos y el temor a la reacción de las petromonarquías árabes conservadoras en el contexto de la crisis del petróleo hicieron que el miedo triunfara y el Estatuto no se llegó a aprobar.

Todos los elementos del drama estaban ya configurados. Sólo faltaba el apoyo de Estados Unidos a las pretensiones expansionistas de Hassan II, algo que era previsible dado que el movimiento anticolonialista saharaui tenía tintes revolucionarios y, en cualquier caso, era sumamente democrático y avanzado política, social y culturalmente. Esto no interesaba a Washington, que preferia entregar el territorio a una monarquía teocrática, ultraconservadora y dócil a sus intereses, como era la marroquí. Sabedor de ese respaldo, Hassan II aprovechó la inestabilidad en España a causa de la enfermedad de Franco para lanzar el órdago de la Marcha Verde y ocupar un país en el que hoy sigue todavía haciendo presa su hijo y heredero. La Marcha Verde se gestó en un gabinete de Londres, con financiación saudita y norteamericana y bajo los auspicios de Henri Kissinger. El gobierno de Madrid consumó la tragedia de la forma vergonzante que cabía esperar de él: hizo creer a los saharauis que podría acceder a un traspaso de poderes semejante al ocurrido en Mozambique con el FRELIMO tras la Revolución de los Claveles, pero en realidad ya había decidido claudicar ante Marruecos y todo era una estrategia para mantener la calma hasta entonces.

Desde ese momento hasta hoy, asistimos al lamentable espectáculo de la laxitud de los gobiernos españoles en particular y europeos en general con la inaceptable ocupación marroquí del Sáhara. Ésta ha sido condenada en repetidas ocasiones por la ONU, que preconiza un referéndum de autodeterminación. Pero las resoluciones de las Naciones Unidas están ahí para usarlas a conveniencia, tergiversarlas o utilizarlas como disculpa para desencadenar guerras por intereses bastardos, nunca para hacerlas cumplir cuando las víctimas no tienen padrinos poderosos, sean palestinos o saharauis. La Unión Europea sigue negociando los recursos pesqueros del Sáhara con el ocupante sin ponerse colorada y nuestros gobiernos siguen riéndole las gracias al tirano de Rabat. El pueblo saharaui sigue, por su culpa, padeciendo la represión, la guerra y el exilio. Los gobiernos de Suárez no sólo callaron, sino que vendieron armas y adiestraron a militares marroquíes. El PSOE, que había vociferado contra la anexión marroquí presa del radicalismo exclusivamente estético y verbal del que hizo gala durante la transición, tardó en traicionar a los saharauis lo que le llevó llegar al gobierno. La actitud del ejecutivo de Zapatero es digna heredera de la pusilánime actuación de los de Felipe González.

Como consecuencia de todo esto, Haidar duerme en el suelo de un aeropuerto español y otros muchos miles lo hacen en campamentos de fortuna en el exilio de Tinduf, en el desierto argelino. Los españoles seguimos dormidos desde 1975, pensando que somos un país modélico con un sistema político perfecto salido de un proceso inmaculado llamado transición. Eso sí, nosotros dormimos sobre superficies más mullidas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Todo empezó un 20-N. El Gatopardo ibérico

Hoy hace treinta y cuatro años que nos dejó Paca la Culona, el de la voz de tiple, el carnicero que declaraba sin rubor que quería una guerra civil larga para poder limpiar España de la mitad de su población. La parca fue la única manera de librarnos del suplicio. El dictador murió en la cama y hoy pagamos todavía las hipotecas de nuestra incapacidad para quitárnoslo de encima antes de que la muerte viniera en nuestro auxilio. Afortunadamente, España ha cambiado en estos años. Por ese motivo nos solemos mirar el ombligo complacidos, que es un deporte muy ibérico. La versión oficial de la Transición sacrosanta no es para menos: un proceso pacífico hacia la libertad, con unos dirigentes ímprobos, abnegados, lúcidos y conscientes, un modelo para otros países. Pero, ¿fue todo tan perfecto?

Subproductos periodísticos como la serie televisiva de Victoria Prego han extendido la idea de que la democracia la trajeron Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Martín Villa e incluso el Borbón desde sus coches oficiales y sus despachos del Movimiento, presos de un incontenible espíritu democrático. Un virus galopante, vamos. Hay que decir, en desagravio del gremio, que esta visión no es producto del amateurismo historiográfico de la directora de la serie, ya que muchos historiadores de profesión han contribuido --y siguen haciéndolo-- a la extensión de esta concepción tan curiosa pero que tanta fortuna ha hecho. Sin embargo, perdido el miedo de las primeras décadas por el recuerdo de las atrocidades de la represión de la posguerra, la oposición popular al régimen había ido creciendo y los desafíos abiertos al mismo también. El primero de relevancia, con trascendencia internacional, fue la huelga de los mineros asturianos en 1962. Por otra parte, las diferentes familias de que se componía la jaula de grillos del franquismo estaban ya afilando los cuchillos con vistas a la sucesión y había más de uno que pensaba que esto podía ser un peligro. Muerto el tahur que había sabido contrapesar a falangistas, carlistas, católicos, monárquicos y liberales, muchos temían que la disputa entre éstos entregara el país en bandeja a los comunistas, que parecían ser la única fuerza opositora de peso. No sólo en el interior del régimen había inquietudes, también la CIA temía que se reprodujera un movimiento como la Revolución de los Claveles portuguesa que terminara de desestabilizar el Sur de Europa en el contexto de la Guerra Fría.

Por eso hubo gente con mando en Washington y en Madrid que pensó que era mejor promover un proceso de cambio controlado. Estados Unidos llevaba mucho tiempo sosteniendo la dictadura española, al menos desde los acuerdos bilaterales de 1953, una vez que el impresentable pasado pro-nazifascista de España durante la Segunda Guerra Mundial y los masivos crímenes de la primera época del régimen se hubieron enfriado un poco. No es que a mediados de los setenta hicieran acto de contricción y quisieran reparar semejante latrocinio, sino que decidieron que sus intereses se salvaguardarían mejor de otra manera, evitando riesgos. No por gusto, no por propia voluntad, sino por miedo a la acción popular contra los eventuales epígonos del ferrolano. Al modo del Gatopardo de Lampedusa, cambiar la superficie para que nada cambie en el fondo. En España hay experiencia al respecto, porque no tenemos ni una mísera revolución liberal que echarnos a la boca e igual de ahí vienen parte de nuestros problemas. Como es sabido, la burguesía española del diecinueve no fue capaz de imponerse a la podrida nobleza del Antiguo Régimen como sucedió en otros sitios, sino que se alió con ésta en detrimento, una vez más, de los de abajo. Por eso Francia, sin ir más lejos, tiene un himno nacional más que digno y una tradición cívica que vale su peso en oro y nosotros tenemos que ir tirando con la Marcha de los Granaderos y una conciencia ciudadana del Diario de Patricia. Nada nuevo bajo el sol, por tanto.

Para promover un cambio controlado hacía falta tener los actores adecuados. Dentro del régimen no iba a resultar complicado encontrar personajes, aunque fueran de segunda fila como Suárez, dispuestos a adjudicarse los laureles de libertadores. Sin embargo, era necesario que, pilotado el proceso, existiera una fuerza opositora capaz de acceder al poder cuando fuera preciso y con un perfil moderado, para que la opción del PCE no fuera el primer recambio. Esa fuerza era el Partido Socialista, pero había un problema. El PSOE no existía en el interior del país y sus actividades se reducían prácticamente a cobrar cuotas y ejercer la solidaridad con los presos y represaliados. No representaba una oposición real, no era visible, porque su preocupación era no arriesgar las estructuras del partido y esto era incompatible con la lucha contra la dictadura por los riesgos que ésta conllevaba. Se imponía entonces una operación de barrido sociológico para convertir a la socialdemocracia en una fuerza respetable y con opciones reales. Para ello era imprescindible sangrar al PCE, que era quien había tenido una actividad real de oposición interior, con los peligros que esto tenía, y por tanto también la única fuerza con relevancia social real.

Esto explica que se financiaran las campañas del PSOE, como posteriormente ha reconocido Calvo Sotelo, con fondos reservados. El dinero afluía también generoso proveniente del SPD alemán y es probable que, de forma más o menos directa, de EE.UU. Así se comprende también por qué se puso en marcha una fuerte campaña mediática anticomunista. Finalmente, por eso se aprobó una ley electoral con el objetivo fundamental de marginar al PCE impidiendo que obtuviera una representación proporcional a su importancia social. Esto último no lo afirmo yo, sino que lo ha declarado lleno de orgullo Miguel Herrero de Miñón, uno de los diseñadores de tan magnífica herramienta. No hay empacho, sin embargo, en seguir titulando "padre de la democracia" a este individuo. Por cierto, que esa ley electoral tan democrática sigue vigente hoy en día, desvirtuando aún más los sufragios de los españoles. Así fue como personajes que durante el franquismo se habían dedicado al cabildeo y en ningún caso a la oposición efectiva, que no tenían escrúpulos en aceptar dinero de fondos públicos nacionales y posiblemente extranjeros, se convirtieron, por arte de birlibirloque, en campeones de la democracia y del progresismo. Felipe González es el máximo exponente. Él, que tuvo que inventarse un nombre de guerra (Isidoro) que nunca utilizó en realidad para hacerse pasar por un resistente que nunca fue.

Otro día trataremos de las pervivencias del franquismo. Porque el "cambiar algo para que nada cambie" lampedusiano no es una forma de hablar... No me extrañaría que el actual jefe de Estado durmiera con el brazo de Santa Teresa en la mesita, como hacía su antecesor y mentor.