Hoy hace treinta y cuatro años que nos dejó Paca la Culona, el de la voz de tiple, el carnicero que declaraba sin rubor que quería una guerra civil larga para poder limpiar España de la mitad de su población. La parca fue la única manera de librarnos del suplicio. El dictador murió en la cama y hoy pagamos todavía las hipotecas de nuestra incapacidad para quitárnoslo de encima antes de que la muerte viniera en nuestro auxilio. Afortunadamente, España ha cambiado en estos años. Por ese motivo nos solemos mirar el ombligo complacidos, que es un deporte muy ibérico. La versión oficial de la Transición sacrosanta no es para menos: un proceso pacífico hacia la libertad, con unos dirigentes ímprobos, abnegados, lúcidos y conscientes, un modelo para otros países. Pero, ¿fue todo tan perfecto?
Subproductos periodísticos como la serie televisiva de Victoria Prego han extendido la idea de que la democracia la trajeron Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Martín Villa e incluso el Borbón desde sus coches oficiales y sus despachos del Movimiento, presos de un incontenible espíritu democrático. Un virus galopante, vamos. Hay que decir, en desagravio del gremio, que esta visión no es producto del amateurismo historiográfico de la directora de la serie, ya que muchos historiadores de profesión han contribuido --y siguen haciéndolo-- a la extensión de esta concepción tan curiosa pero que tanta fortuna ha hecho. Sin embargo, perdido el miedo de las primeras décadas por el recuerdo de las atrocidades de la represión de la posguerra, la oposición popular al régimen había ido creciendo y los desafíos abiertos al mismo también. El primero de relevancia, con trascendencia internacional, fue la huelga de los mineros asturianos en 1962. Por otra parte, las diferentes familias de que se componía la jaula de grillos del franquismo estaban ya afilando los cuchillos con vistas a la sucesión y había más de uno que pensaba que esto podía ser un peligro. Muerto el tahur que había sabido contrapesar a falangistas, carlistas, católicos, monárquicos y liberales, muchos temían que la disputa entre éstos entregara el país en bandeja a los comunistas, que parecían ser la única fuerza opositora de peso. No sólo en el interior del régimen había inquietudes, también la CIA temía que se reprodujera un movimiento como la Revolución de los Claveles portuguesa que terminara de desestabilizar el Sur de Europa en el contexto de la Guerra Fría.
Por eso hubo gente con mando en Washington y en Madrid que pensó que era mejor promover un proceso de cambio controlado. Estados Unidos llevaba mucho tiempo sosteniendo la dictadura española, al menos desde los acuerdos bilaterales de 1953, una vez que el impresentable pasado pro-nazifascista de España durante la Segunda Guerra Mundial y los masivos crímenes de la primera época del régimen se hubieron enfriado un poco. No es que a mediados de los setenta hicieran acto de contricción y quisieran reparar semejante latrocinio, sino que decidieron que sus intereses se salvaguardarían mejor de otra manera, evitando riesgos. No por gusto, no por propia voluntad, sino por miedo a la acción popular contra los eventuales epígonos del ferrolano. Al modo del Gatopardo de Lampedusa, cambiar la superficie para que nada cambie en el fondo. En España hay experiencia al respecto, porque no tenemos ni una mísera revolución liberal que echarnos a la boca e igual de ahí vienen parte de nuestros problemas. Como es sabido, la burguesía española del diecinueve no fue capaz de imponerse a la podrida nobleza del Antiguo Régimen como sucedió en otros sitios, sino que se alió con ésta en detrimento, una vez más, de los de abajo. Por eso Francia, sin ir más lejos, tiene un himno nacional más que digno y una tradición cívica que vale su peso en oro y nosotros tenemos que ir tirando con la Marcha de los Granaderos y una conciencia ciudadana del Diario de Patricia. Nada nuevo bajo el sol, por tanto.
Para promover un cambio controlado hacía falta tener los actores adecuados. Dentro del régimen no iba a resultar complicado encontrar personajes, aunque fueran de segunda fila como Suárez, dispuestos a adjudicarse los laureles de libertadores. Sin embargo, era necesario que, pilotado el proceso, existiera una fuerza opositora capaz de acceder al poder cuando fuera preciso y con un perfil moderado, para que la opción del PCE no fuera el primer recambio. Esa fuerza era el Partido Socialista, pero había un problema. El PSOE no existía en el interior del país y sus actividades se reducían prácticamente a cobrar cuotas y ejercer la solidaridad con los presos y represaliados. No representaba una oposición real, no era visible, porque su preocupación era no arriesgar las estructuras del partido y esto era incompatible con la lucha contra la dictadura por los riesgos que ésta conllevaba. Se imponía entonces una operación de barrido sociológico para convertir a la socialdemocracia en una fuerza respetable y con opciones reales. Para ello era imprescindible sangrar al PCE, que era quien había tenido una actividad real de oposición interior, con los peligros que esto tenía, y por tanto también la única fuerza con relevancia social real.
Esto explica que se financiaran las campañas del PSOE, como posteriormente ha reconocido Calvo Sotelo, con fondos reservados. El dinero afluía también generoso proveniente del SPD alemán y es probable que, de forma más o menos directa, de EE.UU. Así se comprende también por qué se puso en marcha una fuerte campaña mediática anticomunista. Finalmente, por eso se aprobó una ley electoral con el objetivo fundamental de marginar al PCE impidiendo que obtuviera una representación proporcional a su importancia social. Esto último no lo afirmo yo, sino que lo ha declarado lleno de orgullo Miguel Herrero de Miñón, uno de los diseñadores de tan magnífica herramienta. No hay empacho, sin embargo, en seguir titulando "padre de la democracia" a este individuo. Por cierto, que esa ley electoral tan democrática sigue vigente hoy en día, desvirtuando aún más los sufragios de los españoles. Así fue como personajes que durante el franquismo se habían dedicado al cabildeo y en ningún caso a la oposición efectiva, que no tenían escrúpulos en aceptar dinero de fondos públicos nacionales y posiblemente extranjeros, se convirtieron, por arte de birlibirloque, en campeones de la democracia y del progresismo. Felipe González es el máximo exponente. Él, que tuvo que inventarse un nombre de guerra (Isidoro) que nunca utilizó en realidad para hacerse pasar por un resistente que nunca fue.
Otro día trataremos de las pervivencias del franquismo. Porque el "cambiar algo para que nada cambie" lampedusiano no es una forma de hablar... No me extrañaría que el actual jefe de Estado durmiera con el brazo de Santa Teresa en la mesita, como hacía su antecesor y mentor.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Todo empezó un 20-N. El Gatopardo ibérico
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