Esos papeles no son papeles, sino la vida de hombres, de provincias, de pueblos (Jules Michelet)


miércoles, 2 de diciembre de 2009

De aquellos polvos vienen estas arenas de Tinduf

Hace semanas que Aminatou Haidar duerme en el suelo del aeropuerto de Lanzarote. Su caso es una consecuencia más de la fraudulenta transición a la democracia en España de la que hablaba hace días al cumplirse el aniversario de la muerte de Franco. Esta activista saharaui fue expulsada por Marruecos, que se niega a permitirle volver a su casa hasta que renuncie a sus convicciones, en particular el deseo de ver una república saharaui independiente. España es culpable de haber abandonado a los saharauis a su (mala) suerte en 1975 y ahora el actual gobierno del talante y otras zarandajas vuelve a actuar cobardemente haciéndole el caldo gordo a Rabat en vez de dar de una vez por todas un puñetazo sobre la mesa. Es lo mínimo que se puede pedir, porque a los saharauis les debemos no un puñetazo, sino toda una retahila de golpes, la que ellos coleccionan muy a su pesar desde hace casi cuarenta años.

No debe sorprender que la descolonización española resultara tan patética como la colonización, propias ambas de una potencia de cuarta fila que sólo accedió a una pequeña porción del pastel africano porque Francia e Inglaterra consideraron que era una buena solución para mantener el equilibrio entre ellas. Entramos por la puerta de atrás al vergonzoso negocio de la explotación de los pueblos extraeuropeos y salimos por el mismo sitio, dejándole las llaves del solar al vecino mamporrero y tiránico, para mayor escarnio de la población local.

Cuando en 1956 Marruecos accedió a su independencia comenzó, paradójicamente, a reclamar un pasado imperial tan bastardo como infundado que pretendía esgrimir para incorporar el Tinduf argelino, el Sáhara Occidental, Mauritania y parte de Malí. En realidad, este Gran Marruecos escondía los mismos afanes que habían llevado a los europeos a África: el acceso a los minerales y a la pesca, entre otros. A consecuencia de la agitación marroquí en la zona, en el año 58 la colonia se asimiló con el estatuto de provincia para mejor controlarla, mientras se iniciaba la explotación de los ricos yacimientos de fosfatos cerca de Dajla. Fosfatos de Bu Cra, empresa pública propiedad del INI, acometió inversiones importantes ignorando absolutamente la tendencia descolonizadora que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se imponía en el continente. Estas inversiones son una de las causas de la posición inmovilista de España, que retrasó la independencia hasta hacerla imposible. Dilatando el proceso de retirada española, se llegó a un momento en que ya prácticamente todo el continente era independiente de larga fecha. Así se sentaron las bases para que los vecinos, ya plenamente consolidados, vinieran a aprovecharse de la debilidad saharaui en 1975 para sustituir al ocupante español y apropiarse el país.

Con la muerte de Carrero en 1973 las posiciones más duras perdieron a su principal valedor y el gobierno de Arias Navarro empezó a soltar amarras, en especial desde que la Revolución de los Claveles portuguesa, motivada en buena parte por el hartazgo del ejército colonial portugués ante la cerrazón de la dictadura de Caetano, le metiera el miedo en el cuerpo. Arias puso sus barbas a remojar redactando un proyecto de Estatuto que reconocía que el Sáhara Occidental no era español sino un territorio administrado que podría eventualmente acceder a la independencia con un paso intermedio con entidades de gobierno autónomas. Pero la enfermedad de Franco, las presiones de Marruecos y el temor a la reacción de las petromonarquías árabes conservadoras en el contexto de la crisis del petróleo hicieron que el miedo triunfara y el Estatuto no se llegó a aprobar.

Todos los elementos del drama estaban ya configurados. Sólo faltaba el apoyo de Estados Unidos a las pretensiones expansionistas de Hassan II, algo que era previsible dado que el movimiento anticolonialista saharaui tenía tintes revolucionarios y, en cualquier caso, era sumamente democrático y avanzado política, social y culturalmente. Esto no interesaba a Washington, que preferia entregar el territorio a una monarquía teocrática, ultraconservadora y dócil a sus intereses, como era la marroquí. Sabedor de ese respaldo, Hassan II aprovechó la inestabilidad en España a causa de la enfermedad de Franco para lanzar el órdago de la Marcha Verde y ocupar un país en el que hoy sigue todavía haciendo presa su hijo y heredero. La Marcha Verde se gestó en un gabinete de Londres, con financiación saudita y norteamericana y bajo los auspicios de Henri Kissinger. El gobierno de Madrid consumó la tragedia de la forma vergonzante que cabía esperar de él: hizo creer a los saharauis que podría acceder a un traspaso de poderes semejante al ocurrido en Mozambique con el FRELIMO tras la Revolución de los Claveles, pero en realidad ya había decidido claudicar ante Marruecos y todo era una estrategia para mantener la calma hasta entonces.

Desde ese momento hasta hoy, asistimos al lamentable espectáculo de la laxitud de los gobiernos españoles en particular y europeos en general con la inaceptable ocupación marroquí del Sáhara. Ésta ha sido condenada en repetidas ocasiones por la ONU, que preconiza un referéndum de autodeterminación. Pero las resoluciones de las Naciones Unidas están ahí para usarlas a conveniencia, tergiversarlas o utilizarlas como disculpa para desencadenar guerras por intereses bastardos, nunca para hacerlas cumplir cuando las víctimas no tienen padrinos poderosos, sean palestinos o saharauis. La Unión Europea sigue negociando los recursos pesqueros del Sáhara con el ocupante sin ponerse colorada y nuestros gobiernos siguen riéndole las gracias al tirano de Rabat. El pueblo saharaui sigue, por su culpa, padeciendo la represión, la guerra y el exilio. Los gobiernos de Suárez no sólo callaron, sino que vendieron armas y adiestraron a militares marroquíes. El PSOE, que había vociferado contra la anexión marroquí presa del radicalismo exclusivamente estético y verbal del que hizo gala durante la transición, tardó en traicionar a los saharauis lo que le llevó llegar al gobierno. La actitud del ejecutivo de Zapatero es digna heredera de la pusilánime actuación de los de Felipe González.

Como consecuencia de todo esto, Haidar duerme en el suelo de un aeropuerto español y otros muchos miles lo hacen en campamentos de fortuna en el exilio de Tinduf, en el desierto argelino. Los españoles seguimos dormidos desde 1975, pensando que somos un país modélico con un sistema político perfecto salido de un proceso inmaculado llamado transición. Eso sí, nosotros dormimos sobre superficies más mullidas.

2 comentarios:

  1. Buena sinopsis topete. Qué recuerdos me acabas de traer al citar el FRELIMO. De pequeño había un libro naranja en una estantería de mi salón y en su lomo se leían esas siglas. Me llamaba mucho la atención.
    En fin, lo de Lanzarote no tiene ni nombre ni calificativo posible. S enquista esta situación pero, eso sí, soltamos tres millones de euros a la mínima de cambio para liberar atuneros, aunque eso es otra (y compleja) historia.
    No obstante estas situaciones no pueden pillarnos a contrapie, estamos en España y somos lo que queremos ser: una puñetera caricatura de país desarrollado.
    Al final, y aunque me pese, lo único a lo que se puede echar mano en estos casos es de los Bardem, Toledo, Macaco y demás especímenes del faranduleo más repulsivo que campan por nuestra Piel de Toro.

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  2. La verdad es que aquella debió ser una época guapa en África: el MPLA conquistando la independencia en Angola, el FRELIMO en Mozambique, los portugueses sacándose de encima el olor a alcanfor... tuvo que llegar España a joderla. Aunque es verdad que luego en Angola y Mozambique tuvieron sus problemas porque la gringada no se quedó de brazos cruzados, pero eso ya es otra historia. Como lo es el chasco que se llevaron los portugueses cuando se dieron cuenta de que les habían robado la revolución. Igual en abril al topo le da por cavar un poco entre los claveles...

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