Esos papeles no son papeles, sino la vida de hombres, de provincias, de pueblos (Jules Michelet)


viernes, 20 de noviembre de 2009

Todo empezó un 20-N. El Gatopardo ibérico

Hoy hace treinta y cuatro años que nos dejó Paca la Culona, el de la voz de tiple, el carnicero que declaraba sin rubor que quería una guerra civil larga para poder limpiar España de la mitad de su población. La parca fue la única manera de librarnos del suplicio. El dictador murió en la cama y hoy pagamos todavía las hipotecas de nuestra incapacidad para quitárnoslo de encima antes de que la muerte viniera en nuestro auxilio. Afortunadamente, España ha cambiado en estos años. Por ese motivo nos solemos mirar el ombligo complacidos, que es un deporte muy ibérico. La versión oficial de la Transición sacrosanta no es para menos: un proceso pacífico hacia la libertad, con unos dirigentes ímprobos, abnegados, lúcidos y conscientes, un modelo para otros países. Pero, ¿fue todo tan perfecto?

Subproductos periodísticos como la serie televisiva de Victoria Prego han extendido la idea de que la democracia la trajeron Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Martín Villa e incluso el Borbón desde sus coches oficiales y sus despachos del Movimiento, presos de un incontenible espíritu democrático. Un virus galopante, vamos. Hay que decir, en desagravio del gremio, que esta visión no es producto del amateurismo historiográfico de la directora de la serie, ya que muchos historiadores de profesión han contribuido --y siguen haciéndolo-- a la extensión de esta concepción tan curiosa pero que tanta fortuna ha hecho. Sin embargo, perdido el miedo de las primeras décadas por el recuerdo de las atrocidades de la represión de la posguerra, la oposición popular al régimen había ido creciendo y los desafíos abiertos al mismo también. El primero de relevancia, con trascendencia internacional, fue la huelga de los mineros asturianos en 1962. Por otra parte, las diferentes familias de que se componía la jaula de grillos del franquismo estaban ya afilando los cuchillos con vistas a la sucesión y había más de uno que pensaba que esto podía ser un peligro. Muerto el tahur que había sabido contrapesar a falangistas, carlistas, católicos, monárquicos y liberales, muchos temían que la disputa entre éstos entregara el país en bandeja a los comunistas, que parecían ser la única fuerza opositora de peso. No sólo en el interior del régimen había inquietudes, también la CIA temía que se reprodujera un movimiento como la Revolución de los Claveles portuguesa que terminara de desestabilizar el Sur de Europa en el contexto de la Guerra Fría.

Por eso hubo gente con mando en Washington y en Madrid que pensó que era mejor promover un proceso de cambio controlado. Estados Unidos llevaba mucho tiempo sosteniendo la dictadura española, al menos desde los acuerdos bilaterales de 1953, una vez que el impresentable pasado pro-nazifascista de España durante la Segunda Guerra Mundial y los masivos crímenes de la primera época del régimen se hubieron enfriado un poco. No es que a mediados de los setenta hicieran acto de contricción y quisieran reparar semejante latrocinio, sino que decidieron que sus intereses se salvaguardarían mejor de otra manera, evitando riesgos. No por gusto, no por propia voluntad, sino por miedo a la acción popular contra los eventuales epígonos del ferrolano. Al modo del Gatopardo de Lampedusa, cambiar la superficie para que nada cambie en el fondo. En España hay experiencia al respecto, porque no tenemos ni una mísera revolución liberal que echarnos a la boca e igual de ahí vienen parte de nuestros problemas. Como es sabido, la burguesía española del diecinueve no fue capaz de imponerse a la podrida nobleza del Antiguo Régimen como sucedió en otros sitios, sino que se alió con ésta en detrimento, una vez más, de los de abajo. Por eso Francia, sin ir más lejos, tiene un himno nacional más que digno y una tradición cívica que vale su peso en oro y nosotros tenemos que ir tirando con la Marcha de los Granaderos y una conciencia ciudadana del Diario de Patricia. Nada nuevo bajo el sol, por tanto.

Para promover un cambio controlado hacía falta tener los actores adecuados. Dentro del régimen no iba a resultar complicado encontrar personajes, aunque fueran de segunda fila como Suárez, dispuestos a adjudicarse los laureles de libertadores. Sin embargo, era necesario que, pilotado el proceso, existiera una fuerza opositora capaz de acceder al poder cuando fuera preciso y con un perfil moderado, para que la opción del PCE no fuera el primer recambio. Esa fuerza era el Partido Socialista, pero había un problema. El PSOE no existía en el interior del país y sus actividades se reducían prácticamente a cobrar cuotas y ejercer la solidaridad con los presos y represaliados. No representaba una oposición real, no era visible, porque su preocupación era no arriesgar las estructuras del partido y esto era incompatible con la lucha contra la dictadura por los riesgos que ésta conllevaba. Se imponía entonces una operación de barrido sociológico para convertir a la socialdemocracia en una fuerza respetable y con opciones reales. Para ello era imprescindible sangrar al PCE, que era quien había tenido una actividad real de oposición interior, con los peligros que esto tenía, y por tanto también la única fuerza con relevancia social real.

Esto explica que se financiaran las campañas del PSOE, como posteriormente ha reconocido Calvo Sotelo, con fondos reservados. El dinero afluía también generoso proveniente del SPD alemán y es probable que, de forma más o menos directa, de EE.UU. Así se comprende también por qué se puso en marcha una fuerte campaña mediática anticomunista. Finalmente, por eso se aprobó una ley electoral con el objetivo fundamental de marginar al PCE impidiendo que obtuviera una representación proporcional a su importancia social. Esto último no lo afirmo yo, sino que lo ha declarado lleno de orgullo Miguel Herrero de Miñón, uno de los diseñadores de tan magnífica herramienta. No hay empacho, sin embargo, en seguir titulando "padre de la democracia" a este individuo. Por cierto, que esa ley electoral tan democrática sigue vigente hoy en día, desvirtuando aún más los sufragios de los españoles. Así fue como personajes que durante el franquismo se habían dedicado al cabildeo y en ningún caso a la oposición efectiva, que no tenían escrúpulos en aceptar dinero de fondos públicos nacionales y posiblemente extranjeros, se convirtieron, por arte de birlibirloque, en campeones de la democracia y del progresismo. Felipe González es el máximo exponente. Él, que tuvo que inventarse un nombre de guerra (Isidoro) que nunca utilizó en realidad para hacerse pasar por un resistente que nunca fue.

Otro día trataremos de las pervivencias del franquismo. Porque el "cambiar algo para que nada cambie" lampedusiano no es una forma de hablar... No me extrañaría que el actual jefe de Estado durmiera con el brazo de Santa Teresa en la mesita, como hacía su antecesor y mentor.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Las cosas que cayeron desde 1989

Noviembre es un mes lleno de fechas históricas. El siete es el aniversario de la toma del palacio de invierno por los bolcheviques, el once el armisticio de la Primera Guerra Mundial. Entre ambas, el día nueve, empezamos a conmemorar un hecho histórico reciente pero de gran calado simbólico: la caída del Muro de Berlín, en 1989, tras casi tres décadas de existencia. Aquel día no sólo cayó un muro, sino que empezó a derrumbarse todo un bloque que había marcado medio siglo de historia.

No es el objeto de estas líneas analizar las causas del derrumbamiento de la URSS y sus aliados, tema tan complejo como interesante al que quizá en otro momento dedique algún comentario. Tampoco hacer ningún juicio sobre los regímenes del otro lado del telón. En cualquier caso, en los tiempos que corren, sí conviene aclarar que El Topo no es un nostálgico de lo que se dio en llamar socialismo real, aunque le reconozca algunos méritos. El estalinismo desvirtuó de forma significativa el sentido de la revolución y los países llamados del Este fueron, en la segunda mitad del siglo XX, un experimento estalinista.

En el Este de Europa hoy se goza de más libertad, aunque tampoco tanta como se nos quiere hacer creer. En cualquier caso, esa es una buena noticia. Sin embargo, si preguntamos por las condiciones de vida, el juicio no es tan unánime. Como diría aquel torero, hubo división de opiniones: unos se cagaron en mi padre y otros en mi madre. La percepción de muchos es que no han mejorado o incluso han ido a peor. Hay un número respetable de nuevos ricos que se hicieron de oro con las privatizaciones al más puro estilo mafioso, porque había mucha prisa por privatizar todo. También hay muchos más pobres que malviven. Los que se mantienen por encima del umbral de la miseria a duras penas son bastantes.

Sin embargo, lo que me interesa hoy es el otro lado del telón de acero, el nuestro. Desde principios de los noventa la participación de las rentas del trabajo en el PIB no ha hecho más que descender en favor de las rentas del capital y la precariedad laboral avanza con cada reforma que pactan patronales, gobiernos y unos sindicatos que, siendo generosos, vamos a calificar de tibios. Sumemos la privatización de servicios públicos y la mercantilización creciente de aspectos que hasta hace poco eran intocables: la educación, la sanidad... ¿Quién no está pensando en hacerse un plan de pensiones vistas las previsiones catastrofistas de nuestros dirigentes? Se ha dado vía libre a la economía especulativa, totalmente ajena a la economía real y productiva. Esta especulación es la causante de la actual crisis económica, que vamos a pagar los trabajadores por dos vías: con el paro que estamos ya sufriendo y con nuestros impuestos, que han servido para tapar los agujeros generados por la orgía de la banca. Porque eso sí, las empresas rentables se privatizan, pero las pérdidas se socializan siempre. En estos casos nadie saca el manual de liberalismo para afear la conducta.

Visto este panorama, sería lícito pensar si el envalentonamiento del salvajismo ultraliberal que padecemos no tiene alguna relación con la desaparición del miedo al comunismo. En consecuencia, cabe preguntarse también qué demonios pretenden hacernos celebrar el nueve de noviembre. No deberíamos permitir que nos escriban la historia de la Guerra Fría y su fin en la clave reduccionista de conquista de libertades. Sobre todo no debemos permitir que nos hagan creer que la Historia ha muerto, como dijo Fukuyama, porque vivimos en el mejor de los mundos posibles. A la Historia llevan queriendo matarla desde tiempos de Augusto y su Ara Pacis. Curiosamente, los historicidas son siempre los que están arriba en ese momento. ¿Para qué cambiar nada? Pero el viejo topo no se deja impresionar y sigue haciendo su trabajo. ¿Dónde quedaron el Imperio Romano y la sociedad antigua?

Las pequeñeces de la Historia

Lo propio hubiera sido empezar este blog en una fecha histórica. Perdí por pocos días la oportunidad del 11 de noviembre, aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial, la de los diez millones de muertos. Es cierto que siempre hay efemérides disponibles. Hoy, por ejemplo, hace ochenta y nueve años del final de la guerra civil en Rusia, que se llama así aunque fuera tan civil como la española, con la Legión Cóndor y la infantería italiana. También hace ciento treinta y nueve de la elección de Amadeo de Saboya como rey por las Cortes españolas. En España somos así, capaces de permitir contradicciones como que nuestros parlamentarios elijan un rey, como si de un casting se tratara. Como si tuviera sentido votar a alguien para nunca más poder volver a opinar sobre él ni sus descendientes. ¿Raro, no? Pues en 1978 lo volvimos a hacer, esta vez con alguien visiblemente más resistente que Amadeo I.

En cualquier caso, sólo me queda conformarme: son acontecimientos históricos de segunda fila en comparación con el que sucedió a las once horas del once del once de mil novecientos dieciocho. Pero la historia también es así: uno se viste con la ropa de las solemnidades y resulta que lo que toca ese día es entrar por la puerta de servicio. No está mal tampoco, porque al fin y al cabo el oficio de historiador consiste en buena parte en buscar en la letra pequeña, en ir más allá de los titulares, en escrutar las pequeñas cosas (infinitamente más que la elección de un rey)... o las cosas que parecen pequeñas, que no es lo mismo.

Bienvenidos